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Ser de viento

I
Había solo dos o tres luces encendidas en aquel largo pasillo, lleno de habitaciones a cada lado, como una arca repleta de seres antes del diluvio. La única razón por la que se podía decir que ella no estaba flotando era por el estruendo de sus tacones alborotando el eco. Ella se quedó parada frente a la puerta E-257, extendió su mano y empezó a navegar en la textura de madera con sus dedos suaves. Cerró los ojos y recordó los diálogos de la historia que hasta ese momento comenzó a hacerse clara.


Así escuchó desde el pasado a su propia voz en forma de diálogo.


"¿Te acuerdas de mí? ¿Sabes quién soy?"


Fue lo primero que le preguntó al tipo sentado en el sofá verde pistache, después de no haberlo visto durante años. Sin embargo, en ese momento, frente a la puerta 257, entendió que esa pregunta había sido absurda.
Habían pasado seis años de no haberlo visto, al ser que aquel día tuvo enfrente y al que nunca pudo definir como hombre o como amigo. Esa vez, en ese primer reencuentro, ella se le quedó viendo a los ojos, como si dentro de la persona a quien miraba existiera otra completamente distinta a la que conoció. Él, en cambio, le otorgó a ella la dignidad que se merece una persona distinta que alguna vez fue otra.


"De cada detalle, de cada destello de tus ojos, de tu aroma que hoy es otro, pero nunca fue claro para mí saber quién querías ser, quién fuiste en realidad", respondió él con su voz grave y dulce.


Él la miraba, la analizaba delicadamente y con ternura. Antes de dar lugar a un silencio incómodo, preguntó:

 

"¿A qué has venido?"


En ese momento ella no pudo contestarle. Por más que hurgó en la mirada de ese hombre, no había destellos de locura; seguía siendo la misma mirada triste y traviesa, pero ahora ese hombre estaba en una clínica mental donde le decían paciente. Ella fue otra vez consciente de esa mirada profunda y analítica.
No tuvo forma de evadir la pregunta: la de "¿A qué has venido?" Ese día, sin embargo, frente a la puerta número 257, en donde navegaban sus dedos, la respuesta a esa pregunta se le avecinó infalible como el puntual que se apresura a llegar a una cita.


II

Aquel viernes en la tarde ella bebía café mientras leía una revista de modas junto a su gato.
Sabía que se vería maravillosa en alguno de esos vestidos elegantes. Mientras le contaba a su gato cuál le gustaba, sonó el teléfono. Ella brincó del susto y el gato, como siempre, continuó indiferente. La persona del otro lado del teléfono se presentó y dijo para qué institución de salud mental trabajaba. Mencionó un nombre y le preguntó si conocía a esa persona; a partir de ese momento ella solo escuchó balbuceos. Escuchar ese nombre la aturdió por completo. Quién sabe qué tanto dijo el pobre tipo tras del teléfono. Entre rápidos parpadeos y una mirada perdida, volvió poco a poco a la realidad.


"Disculpe, bueno, bueno...", dijo la voz en el teléfono para asegurarse de que no le habían colgado.


"Sí, lo conozco…", respondió ella con una voz tenue y triste.


El tipo al otro lado del teléfono continuó:

 

"La ha mencionado en algunas conversaciones; primero pensamos que era un invento, pero uno de sus libros está dedicado a usted, el último que publicó, de hace seis años creo, o siete, no sé. Fue cosa de llevar la curiosidad al directorio. Como le dije, es un tipo solitario, parece que no tiene familia. Mire, no tiene por qué, pero tal vez quiera venir a verlo... usted sabe… buenas tardes".


"¿Usted sabe?" ¡Ella qué iba a saber! Hacía tanto tiempo que no escuchaba ese nombre y ese apellido.
Le hablaron de una persona de la que hacía seis años no sabía nada. Le hablaron de él, esencialmente, como de un loco con el que se podían tener buenas charlas, como de un ser capaz de viajar entre la realidad y la ficción, un caminante. Aun así, algo extrañísimo la seguía vinculando a ese loco, porque para ella él siempre había sido un loco. Se quedó sentada en el sofá con el teléfono en una mano y en la otra su taza de café, casi vacía. Su gato se había quedado dormido. En su mirada perdida se le alborotaron los recuerdos; surgieron como parvada despavorida de las cavernas del pasado, revolotearon a su alrededor toda la tarde, hasta que la venció el sueño. Pasaron varios días desde que se quedó dormida en el sofá ese viernes.


III

Fue duro mirarlo en esa sala de visitas, de paredes blancas y poquísimos muebles, sentado en el sillón verde pistache. Con la pierna cruzada y, como siempre, algo extravagante, la luz de la ventana le acariciaba la mirada al tipo aquel del que no se podía saber en cuál de sus mundos deambulaba. Ella se le quedó mirando detrás de la puerta, sin saber a dónde pertenecía esa escena, casi surrealista, de ese personaje sentado en el sillón verde pistache, como salido de algún cuento del realismo mágico.


Una trabajadora social la había llevado hasta esa pequeña sala. La dejó sola con su suerte, y por un momento ella se sintió en un mundo extraño, como detrás de la frontera de otro tiempo. Ahí, antes de que pudiera abrir la puerta, algunas imágenes, evocaciones de un pasado no tan lejano, comenzaron a asomarse translúcidas en el cristal de la puerta que los separaba. Ella miraba los fotogramas de aquellos recuerdos en completo movimiento. ¿Por qué en ese instante ella se volvió neblina? ¿Quién era él en realidad? La revoltura que ocurrió en su estómago, el de ella, llegó seis años tarde.


Cuando volvió a enfocar la mirada, ya no había lugar para arrepentimientos, ya no había vuelta atrás.
Él la había descubierto dudando, como siempre. Sentados en aquella sala, sin un par de tazas de café entre ellos como excusa, solo quedaron las miradas. Él simplemente se le quedó viendo fijo, como con la mano cerca del revólver, sin ninguna prisa por desenfundar su diálogo. Ella se dio cuenta y, nerviosa, jaló primero del gatillo; disparó las preguntas que más tarde se delatarían absurdas: "¿Te acuerdas de mí? ¿Sabes quién soy?"
La pregunta de él, en cambio, fue más precisa: la de "¿A qué has venido?".


Ella quiso evadir la pregunta, quiso esconderse en el silencio, pero no pudo, así que se fue por la tangente.
La charla surgió como verde germen entre una hojarasca densa y sin vida.


"¿Ya te dijeron que estoy loco?", preguntó él.


"No necesitan decírmelo", respondió ella, y a ambos se les escapó una sonrisa.


IV

La segunda y las demás visitas fueron menos complicadas y empezaron a ocurrir poco a poco. Él seguía jugando el juego de ser un niño-hombre. Ella aún no entendía bien de qué se trataba ese juego, pero le parecía divertido; era como si estar con él la convirtiera en su protectora y cómplice. Solo cuando estaba con él se percataba de lo muy adulta que era.

 

"Ya ves que vine otra vez, y no me preguntes nada, no compliquemos las cosas... ya está, vine, vine a charlar contigo, a que me cuentes un cuento, una historia, o algo, tú sabes cómo, dale...", le dijo ella con una mirada honesta.


Ella no se daba cuenta de que él ya no podía contarle las mismas historias como lo hacía antes, las que escribió y escribió toda su vida, las que pronosticaba como su siguiente libro, porque ahora él vivía dentro de esas historias y brincaba de un lado a otro entre sus mundos y la realidad. Sin hacer más preguntas, sin sacar al detective que era —el que quería entenderlo todo—, sencillamente se le quedó viendo y le sonrió. Sacó una hoja de papel de su chaqueta. La desarrugó un poco y dijo:

 

"Ayer escribí algo sobre los caminantes, es mi última novela, ya sé quién será mi personaje principal... ¿te leo un pedacito?"


"Dale, te escucho", respondió ella dulce y emocionada.


Era lo que siempre le decía cuando él la llamaba por teléfono o la citaba en algún café para contarle los bocetos de su siguiente historia. Ella era siempre su primera lectora, su primera crítica. Habían pasado varios años desde entonces. Repetir esa frase después de todo ese tiempo la hizo pensar irremediablemente en los hubiera. Ella había escogido una vida más sobria, más normal, con un "alguien" en el que ella encontraba la estabilidad y la confianza que con el loco, el genio, no encontraba.


Ella había elegido; en realidad no estaba arrepentida de su elección, porque había sido muy suya, a pesar de que esa elección la había llevado como una corriente ineludible, río abajo, a la realidad, la que en su momento le enseñó que los sueños se rompen en el día a día. En ese momento, cuando él le leía su escrito de los caminantes, ella se preguntó por qué no quiso creer esas bobadas antes, por qué decidió abandonar al niño que la llevaba lejos, si en el fondo ella hubiera querido creer esas locuras, esos temas revueltos. ¡Qué fortuna que los reproches de él estaban escondidos en el baúl de las tonterías de los cuerdos, y él no iba a recriminarle su abandono! Cuando él terminó su lectura, ella abrió los ojos; el vuelo fue breve.


"¿Te gustó?", preguntó él, esperando ansioso la respuesta de su mejor crítica.


"¡Me encantó...!; como siempre, me has hecho dibujar cada detalle de todo lo que narras", dijo ella regresando de sus ojos cerrados.


"No la vas a publicar, ¿verdad?"


"Bueno, aún no lo decido..."


"No puedo esperar a leerla completa..."


"¿Quieres ver algo extraordinario?"


"¡Sí!", respondió ella mientras volteaba a verlo.


"Mira cómo la hoja se va con los caminantes en sus alas..."


Dijo él mientras lanzaba la hoja al viento, viendo cómo se transformaba en un par de alas; las vio cobrar altura y se fueron. Ella, sin embargo, vio una hoja caer al suelo, una hoja arrugada y completamente vacía.


V

Eran las cuatro cuarenta y cinco de la tarde, mitad de semana, y el trabajo parecía no terminar. Hizo una pausa para relajar un momento sus dedos antes de volver al teclado. Miró por la ventana y se quedó viendo el césped del jardín de abajo. De repente pensaba en él, en el loco, y comenzaba a extrañarlo. ¿De dónde venían esas ganas de volver a verlo?

 

No es que fueran su escape de la soledad, o que ya no le gustara conversar con su gato. Sencillamente, ese día, viendo por la ventana, se dio cuenta de que con él parecía que su mundo —el de ella— se volvía otro, uno al que podía ver desde lejos y al que no tenía prisa por volver. De momento se dio cuenta de que estar con él era como caminar en una realidad imposible, una que nunca pasó. Los seres, los mundos, los colores luminosos de los que él le hablaba, los aromas que describía, las tierras lejanas: todo era una mezcla, una heterogénea sustancia, que la llevaba como una corriente ineludible, río abajo, al borde de la irrealidad.


"La ventaja de estar loco —o sea, de ser un caminante— es que uno pierde el miedo de hacer cosas que a los cuerdos aterra. No es solo que uno se desinhiba, es que uno se vuelve consciente de lo absurdo de las formalidades de la vida, y eso lo hace sentir a uno, digamos, libre".


Él tenía su mano en su barbilla mientras estaba acostado en el césped, mientras movía sus pies descalzos en el aire, como un niño travieso y meditabundo.


"Dime una de las cosas a las que ya no temes", respondió ella, que boca arriba y apenas cerca de él, se dejó intrigar por el comentario.


Él se puso reflexivo, como comenzando a afilar uno de sus razonamientos filosóficos y enredados…


"Ya no me importa cometer errores, lucir estúpido o infantil. Escribir historias nunca ha sido tan liberador, tan divertido, tan creativo, porque ahora me importa un cuerno la lógica. Puedo comer helado —todo el que se me pegue la gana, a lengua ancha— sin que me importe el mundo y sus prisas, o puedo caminar en el jardín en calzoncillos, con camisa de cuadros y saco y corbata, por supuesto, los zapatos bien lustrados y los calcetines entallados, porque eso de traer los calcetines guangos me parece inmoral…"


Él soltó la carcajada y continuó…


"Lo de andar de saco y calzoncillos nunca lo he hecho, no se me había ocurrido… Tranquila, hoy no lo hago…"

 

Se volteó boca arriba en el césped, dirigió la mirada hacia ella, y ahí estaban esos ojos miel y esas pestañas espesas, saliendo apenas de una carcajada.


Los ojos de él, cristalinos y honestos, centellaban una mirada inocente y feliz.


Esa tarde, a las cuatro cincuenta y ocho, ella no tuvo más remedio que reírse sola. Hacía tiempo que no se le escapaba una risa tan espontánea y ligera.


VI

Los sábados a las dos de la tarde era cuando normalmente ella lo visitaba. De repente se escapaba una que otra tarde entre semana cuando conseguía salir del trabajo antes de las cinco. Habían vuelto a ser los amigos que habían sido antes de que él se enamorara de ella; cuando el mejor pasatiempo de él era desconectarla de su mundo serio y responsable. Él sabía exactamente dónde estaba el interruptor de las risas de esa mujer serena y elegante.
 

Los sábados, desde la una de la tarde, él se ponía un poco más inquieto de lo normal. Algo estaba pasando.
¿Sería que el capullo de esa historia que nunca existió se puso en movimiento? Cuando ella venía, él se vestía mejor que de costumbre, aunque seguía siendo el mismo hipster, ligeramente extravagante pero con clase, de pantalones de cuadros y enormes lentes redondos. Caminaba por el jardín un poco inquieto, un poco nervioso en el fondo. Era como si la espera, el preludio, lo pusieran a flotar unos centímetros más de lo acostumbrado.
¿Qué era lo que alborotaba sus expectativas? ¿Con qué sueña un loco cuando está despierto? Siempre estaba dibujando o escribiendo algo. Llevaba hojas sueltas en todas sus chaquetas. No quería olvidar ninguna de sus ideas brillantes, ninguno de sus nuevos personajes o alguno de sus enredadísimos diálogos. Escribía, bocetaba, hacía garabatos de todo lo que él consideraba interesantísimo. El loco aquel era un ser nostálgico y optimista. Hacía tiempo que había hecho una tregua con su soledad; ya no peleaba más con ella.
Ya había logrado esconder en el armario al monstruo aquel que tenía tanta hambre de querer, de cuidar a alguien, de pertenecerle a alguien.


Sin embargo, tenerla a ella cerca, conversar con ella, mirarla y mirarse a sí mismo a través de ella, lo hacía replantearse todo lo que ya creía resuelto. Estar con ella lo hacía sentirse un poco más cerca del suelo.
Como si ella fuera el puente entre sus mundos y la realidad que se le había perdido y que desde hacía mucho había dejado de buscar. Cuando estaba con ella, su soledad era el monstruo mascota al que no le importaba dejar en su cuarto y sin comer.


VII

La conversación entre ellos surgía espontánea y natural. Caminaban juntos por el jardín, en los mismos senderos, sin que les preocupara el entorno. Se reían de todo y hablaban de todo: de la materia oscura, del Big Bang, de si a veces Dios sí juega a los dados. Charlaban de política como si fuera una mala comedia, se burlaban de la gente y de su forma de vestir. Pero nunca hablaban de ellos, en realidad; de sus vidas, de los últimos años, de los porqués o de los hubiera. Llegaban a sus mundos con pasaporte y todo. Siempre a una distancia prudente, hombro a hombro, no importaba que estuviera haciendo frío o cuan proclives estuvieran al abrazo; ni siquiera se rozaban.


Conversaban no más, llegaban a sus mundos sin problemas, entre túneles y puentes, desde un lado de su universo al otro, y las pláticas ocurrían amenas, mientras las hojas ocres llovían sin mojarlos.


"¿Cuántas veces has soñado que vuelas?", preguntó él, como siempre, dándole por completo un nuevo rumbo a la charla.


Ella se quedó pensando.


"Yo he encontrado la forma de flotar —dijo él, con un tono algo reflexivo—, pero aún no descubro la forma de volar; es decir, no he podido sacar la sensación de mis sueños. Flotar, en cambio, no requiere de tanta técnica. Empiezo a despegar cada milímetro de mí paulatinamente del suelo, puede llevarme horas lograrlo, y cuando al fin consigo despegar del suelo el fragmento más ínfimo de mi piel… floto. Doblo despacito las rodillas, muevo un poquito los pies y respiro lento; ocurre que en ese punto te percatas de que la vida es un translúcido fluido denso".


"¿Y es posible aprender a hacer eso? Me refiero a volar", preguntó ella, que se había quedado en el recuerdo de algún sueño en el que volaba.


"Tal vez resulte si, en vez de buscar la forma de volar, descubro la forma de volvernos viento".


"Volvernos..." El plural en esa última frase la aturdió un poco. Pero el desconcierto tuvo en realidad un sabor dulce, tierno. Él se quedó un rato de brazos cruzados, totalmente concentrado y en silencio. Estaba haciendo cálculos en su mente, ecuaciones y fórmulas con las que estaba descifrando cómo convertirse en viento.


"Cuando encuentres la forma de volvernos viento… por favor, avísame", dijo ella, regresando de sus ojos cerrados, sin reflexionar en el significado de esas palabras.


Él se quedó atrapado en el "volvernos". "Cuando encuentres la forma de VOLVERNOS…": el plural en la última frase lo aturdió por completo; el desconcierto también fue dulce, y precisamente ese "volvernos" se le arremolinó huracanado entre un imposible "lo nuestro".


La volteó a ver mientras ella clavaba ahora su mirada en el silencio. Se perdió unos instantes hasta que se percató de los ojos bien abiertos de él. Él nunca había sentido que ella simplemente le siguiera la corriente.
Pero esa vez, la realidad lo tocó a él por un brevísimo instante. Ella estaba ahí, en el mundo de él, y fue hasta ese momento en el que se dio cuenta. ¿Qué hacía una extraña de la que aún estaba enamorado en medio de su planeta? Ella no iba a quedarse. ¿A qué había ido entonces? La idea de saber que solo estaba de viaje, o lo que es peor, de vacaciones, hizo que en su mente la realidad se reventara.

 

"¡¿Volvernos?!", respondió él, consternado y molesto. "¿Piensas que no es cierto todo lo que estoy diciendo, verdad?"


A ella se le atravesó la realidad justo a la mitad de la garganta; regresar del vuelo en el que se había quedado casi la hizo estrellarse. No supo qué decir. Además, ¿qué se le responde a unos ojos grandes y abiertos de niño desilusionado a mitad de una rabieta?


"¿Y si encuentro la manera de volvernos viento? No vas a seguirme… ¿Y sabes por qué? Estás confundida, soy un loco, un maldito loco, pero no un idiota… ¡Yo estoy loco! ¡¡Loco, ¿lo oyes?!! ¡Y tú no! ¡No vuelvas a tocar mi mundo! ¡¿A qué has venido?! ¡¿A qué viniste?!"


Ella lo miraba completamente sorprendida. Veía cómo se llevaba las manos desesperadamente al cabello mientras seguía gritando; su mirada era la de un tipo desesperado y triste.


Él sabía que había perdido algo irrecuperable, y ese algo no era su cordura.


VIII

Desde aquella tarde en la que él tuvo esa horrible crisis, ella decidió no buscarlo más. ¡Y qué pena!, pero su última charla había concluido con un teatrito de gritos y maldiciones. ¿En qué momento surgió tanta rabia en él? Fue tremendo ver cómo lo atravesaban con la aguja para ponerlo en calma.

 

Pero aún adormilado, casi entre balbuceos, todavía podía reclamar: "Ya había aprendido a vivir sin ti… en mi mundo… ¿a qué has venido? ¿A qué viniste?"


Se le hizo un puchero y derramó una lágrima. A ella esa lágrima le quemó el corazón; entonces violó el acuerdo y le sujetó fuerte la mano.


Él cerró los ojos y apretó los dedos frágiles de ella.


IX

Otra vez en su sofá, sin revista, sin café y con un gato indiferente al lado. Con la mirada perdida, pensaba y pensaba en él. Quería llamar a la clínica, preguntar por él, saber cómo estaba... No, eso no sería suficiente; quería ir a buscarlo, pero no, lo mejor sería dejarlo ir, dejarlo vivir en su mundo, en su hábitat natural, ajeno y tranquilo.

 

Ya lo había hecho una vez, años atrás, cuando le dejó una notita de despedida en el primer libro que él había puesto a la venta y que, por cierto, resultó ser todo un éxito. Esta vez no había libro donde dejar una nota; esta vez la novela la estaba viviendo a todo color y casi en una realidad que parecía alterna. La idea de dejarlo así nomás, otra vez, sin explicaciones, le parecía insoportable. No se presentó a trabajar por varios días y su vida era una maraña de remordimientos. Todavía sentía en sus dedos lo tibio del último reclamo de la mano de él. Recordaba esa mano y quiso por un instante haberla sujetado por más tiempo.


"Yo sé que me quería, de verdad me quiso… ¡estúpida!"


Fue de esas veces en las que se cae en cuenta de que el miedo lo orilló a uno a una decisión calculada, lógica.
Como si la vida siempre tuviera sentido. Ella había escogido una vida distinta, una vida estable. Pero el marido perfecto que tuvo, el hombre sólido y bien hecho con quien se casó, no pudo —aun con todas sus precauciones y planes— escapársele a aquella tarde de lluvia en la carretera, donde perdió la vida. Fue un buen marido, pero nunca llegó a ser en realidad su amigo. Y sin embargo, la historia que no escogió, la del loco, la del tarado aquel que la mataba de risa, se alejaba mucho de lo que ella necesitaba. Pero después de haber estado con su amigo el loco otra vez, se empezó a dar cuenta de que algo había cambiado dentro de ella. Se empezó a dar cuenta de que ella no necesitaba un refugio para esconderse del miedo; ella necesitaba la cura, y esa cura no estaba en el mundo de los cuerdos.


Entonces tuvo unas ganas locas de haberse equivocado, de haberse enamorado del loco, de lanzarse a lo impredecible.


Locas, las ganas que tuvo fueron locas. A estas alturas ya sabía el final de esa historia —la que decidió no vivir—, y el final era trágico (o sea, que siempre sí era predecible); y qué raro, aun así hubiera querido vivir esa historia. La última mirada que tenía de él en su mente le reclamó con una rabia infinita su cobardía.
Después de todo, él la había querido, de verdad la había querido.


"¿A qué has venido?"


La pregunta le daba vueltas y vueltas. ¿Qué esperaba al impactar su mundo? ¿Será que muy en el fondo se excusó —más bien, se escondió en la locura, la de él— para simplemente mirarlo desde lejos?
¿Mirar a quién? ¿Al loco, al amigo o al hombre? Pues miró a los tres de cerca, y hasta ese momento se dio cuenta de que él también la había estado observando a ella. Sus mundos se habían encontrado de nuevo, estaba ocurriendo un cataclismo y ella era el epicentro.


X

No tenía ganas de volver al trabajo. Las tardes se le repetían una y otra vez como proyecciones de una película antigua en blanco y negro. El gato había perdido su indiferencia, se hacía el gracioso y ronroneaba para recordarle que su plato de comida estaba vacío. Lo cierto es que ella quería cerrar los ojos y desaparecer, descubrirse al abrirlos en medio del viento, siendo viento… El teléfono sonó. Primero bajó los brazos y luego abrió los ojos para darse cuenta de que estaba de vuelta en el mundo sustancial.


Apenas alcanzó el último repique del teléfono. "Ya encontré la manera, tienes que venir… alcánzame", era la voz de él hablándole bajito.


"¡¿Tú?! ¡¿Cómo?!", le gritó ella a la bocina. "Volviéndonos viento…", respondió él en un susurro. "¡¿Qué cómo conseguiste hablarme?! ¡¿Bueno?! ¡¡Bueno!!"


Nadie contestó y ella se puso desesperada. Conocía esa voz descabellada y resuelta. Su preocupación era válida. Trató de sacarle, a punta de maltratos, respuestas al teléfono. ¿Cómo había conseguido hablarle?
Y lo que es más, ¿había encontrado "la manera"? Tomó su bolso y se subió al carro. No le importó la lluvia ni tampoco la prudencia; esta vez no había ni un destello de indecisión en su mirada.


XI

La clínica estaba extrañamente fúnebre y callada. Tanto silencio no alcanzó para desconcentrarla.
Caminaba, y sus pasos provocaban un eco que alborotaba al silencio en el laberinto de los pasillos.
Sabía exactamente a dónde iba mientras buscaba números entre los cuartos de los caminantes.
 

"Señora... ¡Señora! Él ya no está…"

 

Gritó la recepcionista sin intentar detenerla cuando pasó frente a ella. Quién hubiera podido. Ella simplemente escuchaba ruidos, voces lejanas. Siguió caminando y ahí estaba: la puerta número E-257. Se quedó un segundo con el gesto roto. Todo era claro entonces. Puso su mano extendida en el mar blanco de la puerta.
Con la frente sobre la mano navegante que en ese instante se quedó varada, cerró los ojos y empezó a escuchar su voz —la de él— y también su voz, la de ella.


Todos sus diálogos se le avecinaron como marea brava al arenal de sus recuerdos. Ella se había acostumbrado, más bien, se había vuelto a acostumbrar, sin que se diera cuenta, a los seres y mundos, los colores luminosos, a las aves y al viento que pintaban de locura su habitación, sus ratos de descanso en el trabajo, sus tardes a solas. Sin esos colores, ahora todo le parecía insoportablemente vacío, sin pinturas colgando en sus paredes.

 

Abrió despacio la puerta; ya había parado de llover y el cielo se aclaró después de la tormenta. La luz intensa de las cinco de la tarde la puso frente a un ocaso gris-dorado con olor a tierra mojada y tinta. Había papeles volando por todas partes, hojas de libros surcando alegres en los mares de viento que la ventana abierta había dejado entrar; las cortinas bailaban una danza suave y elegante.

 

Ella se dejó envolver por ese viento de colores grises-azules entre amarillos caramelo destellantes.
Las preguntas se habían esfumado, sobre todo las lógicas. Ahora sabía a ciencia cierta a qué había ido a buscar a ese alguien que pensó que era otro, que seguía siendo el mismo que la llevaba como una corriente ineludible, río abajo, al borde de la irrealidad.


En ese momento se descubrió siendo otra, felizmente otra, y con los ojos cerrados y los brazos abiertos simplemente lo siguió.

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