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De qué color es lo sientes

-¿De qué color es lo que sientes?


Preguntó una voz lenta y desgastada por los años.


Ella estaba aturdida, con la mirada perdida, y no le hizo caso a la voz. Ni siquiera se dio cuenta en qué momento se había sentado junto a ella, en esa banca del parque, aquel viejo de mirada indescifrable.


-¿De qué color es lo que sientes?


Volvió a preguntar el hombre, paciente y sin voltear a verla. Primero ella se sintió molesta; estaba totalmente absorta en sí misma, en el cataclismo que le estaba ocurriendo a su universo. Sencillamente no tenía ganas de hablar y, aunque la pregunta consternaría a cualquiera, de todas formas lo ignoró.


"¿De qué color es lo que siento? ¡Viejo loco!", pensó para sus adentros e hizo un refunfuño.


Aun así, la pregunta se le quedó dando vueltas como una abeja curiosa. Ella se molestó más al saberse distraída de su estado caótico. ¿Cómo una maldita abeja podría tener más fuerza gravitacional que la tormenta que ocurría en su vida en ese instante?


El viejo, sabiendo que la había aturdido lo suficiente y sin haber recibido un "a usted qué le importa", liberó a otra abejita.


-¿De verdad es tan difícil responder a mi pregunta? A alguna persona común quizá le costaría mucho. Pero tú no eres común… Tú conoces el idioma de los colores, ¿no es cierto?


Y miró sus manos, las de ella, con manchas de óleo y tinta. En un acto reflejo, ella se miró las manos también; era cierto, el solvente no había hecho bien su trabajo.


Un momento, ella no quería salir del remolino en el que estaba. Se puso de pie, parpadeó varias veces, miró al viejo y no supo qué decir o qué hacer. Antes de que se fuera, y sin voltear a verla, el viejo le hizo una oferta interesantísima:


-Si me dices de qué color es lo que sientes… nunca más volverás a sentir lo mismo.


La oferta atravesó, como una flecha despavorida, la lógica de ella. La propuesta era absurda, ilógica… pero ¿qué en aquel momento era lógico para ella?


-¿Nunca?


Respondió ella, atrapada por la intriga, como si la oferta pudiera ser legítima. Por un instante saboreó en su mente lo extraordinario que sería deshacerse de esa maldita tormenta en su pecho. Ella necesitaba, ella anhelaba escuchar una tontería como esa. Se acomodó el cabello detrás de la oreja y, sin todavía voltear, se dispuso a otorgar su credulidad así nomás.


Lo último que le importaba era el cómo o el por qué; si acaso, se aferró ciegamente al por qué no. Se sentó en el mismo lugar; el metal de la banca aún estaba tibio. Ni siquiera le concedió al viejo una mirada. Se mojó los labios y tragó fuerte, como prometiéndose a sí misma no derramar ni una sola gota de dolor por los ojos, sin importar cuánto le cortara la garganta.


El viejo sacó de sus bolsillos un pequeño frasco de cristal. Con sus manos temblorosas -un tanto por los años, otro por el frío-, le quitó la tapa de corcho y lo puso entre ellos, justo a mitad de la banca. Era un frasco común y corriente. Ella, algo más tranquila, quiso creer en la oferta, aunque fuera solo por un momento.


-Ok, digamos que doy por hecho que usted no está loco. Y usted da por hecho que yo no estoy loca por seguirle la corriente. Solo respóndame algo antes de responder su pregunta: ¿qué piensa hacer con lo que capture en ese frasco?


El viejo no hizo ningún gesto y no se apresuró a responder. Dejó que el silencio se hiciera el interesante. Respiraba, y el vapor caliente que expelía de su boca agrietada se convertía en una neblina breve y tibia. Era noviembre, los árboles estaban desnudos y hacía frío.


-Imagina que soy un sordo de nacimiento. Que nunca, nunca he escuchado el más mínimo sonido.


En ese momento, todos los sonidos se le suspendieron a ella, como si los ruidos del mundo se hubieran escapado de repente. Por supuesto que se sintió completamente extraña. Frunció las cejas: nada sonaba, nada. No había motores en marcha, ni pasos lejanos a prisa, ni aves regresando a sus nidos, ni siquiera el sonido de su saliva descendiendo despacio por su garganta… nada. Y lo que es peor, por un instante, no pudo siquiera recordar algún sonido.


-¿Lo sentiste?


Preguntó el viejo. Ella se sintió aliviada de volver a oír. ¿Qué había sido aquello? ¿Qué había ocurrido en aquel momento? ¿Habría sido solo su imaginación?


Dando por hecho que ella entendería su punto, el viejo preguntó:


-¿Cómo le describirías a un sordo profundo el sonido del viento?


Sin entender aún el argumento del viejo, le siguió la corriente. Pero ¿cómo se le describen los sonidos a alguien que no los puede escuchar? ¿O a alguien que nunca ha escuchado algo? Ella era creativa; se le vinieron algunas soluciones a la mente, pero nada parecía ser una buena respuesta. Se quedó pensando un rato y, de repente, tuvo una idea. Se acomodó el cabello detrás de la oreja, se acercó lentamente al viejo y le sopló con suavidad en la mejilla. El aire tibio y alborotado surcó feliz por las grietas en la cara del anciano. Él recordó la ricura de una brisa marina acariciando una vieja pradera. El viejo simplemente cerró los ojos. Ella volvió a su lugar, y el viejo se quedó unos segundos disfrutando del sonido del viento.


-Lo hiciste bien, niña, muy bien. Gracias. Tradujiste una sensación usando otra sensación, como si fueran idiomas diferentes, pero el mensaje fue el mismo. Me hiciste escuchar el viento con mi piel.


Entonces el anciano volteó a verla, por primera vez desde que inició la charla.


-Verás, yo nunca he sentido lo que tú sientes. Yo nunca he sentido lo que las personas sienten. Las emociones son para mí lo que los sonidos para un sordo, o los colores para un ciego… He aprendido a sentir a través de otras sensaciones. He aprendido a sentir a través de los colores. Acuarelas, óleos, pasteles, no importa. Todo lo que sé de sentimientos lo sé porque soy experto en el mundo de los tonos, de los matices, de las luces y las sombras.


Fue hasta ese momento que ella se dio cuenta de que la mirada del viejo no era ordinaria. Era una mirada neutra, quizá serena, pero no podía descifrarse ningún gesto en esa arrugada cara. Nada en las cejas o en los surcos de la frente; nada en sus barbilla caída, ni en sus pómulos o en las bolsas debajo de sus ojos. Sus orejas no se movían. Su respiración sonaba cansada, como queriendo expresar algo, pero no. No es que esa mirada no dijera nada, es que no se sabía lo que decía, como las señas de un sordo sin lenguaje que quiere expresar lo que siente.


-¿También es pintor?


Le preguntó ella, por primera vez dándole la dignidad de no saberlo loco. Por fin eran dos humanos simplemente, desde sus respectivos universos, conversando.


-Sí, también lo soy. Aprendí a descifrar colores hace mucho, mucho tiempo... Los colores me salvaron. ¿Sabes, niña? Los colores se descifran en el lienzo o en una hoja de papel Fabriano, de las gruesas, claro... La textura del Fabriano es como la textura de mis manos, eso creo.


Ella miró las manos arrugadas y temblorosas del viejo, también manchadas con pintura y tinta. El viejo estaba viendo hacia ningún lado; ella lo veía a él y por fin lo entendió. Él decía la verdad, no era un simple anciano decrépito. A ella se le llenó el corazón de ternura y quiso hacer algo por él, pero no a modo de condescendencia. Lo que le ofrecería sería algo genuino y valioso. El trato era legítimo y, lo que es más, era justo.


-¿De qué color es lo que siento?


Dijo ella, más bien para sí misma, mientras encontraba de nuevo el camino de vuelta al estado caótico que la había llevado a esa banca, en ese frío noviembre de árboles sin hojas, dentro de aquel parque solitario.


-Amarillo y grises ocre... -dijo con la mirada perdida-. Antes de su pregunta, estaban todos revueltos: los amarillos y los naranjas, mezclados con los grises ocre.


Ella se dejó llevar por las mil tonalidades que se reflejaban en sus ojos. Por unos instantes dejó de parpadear.


-Son muchos tonos amarillos, tendientes al mostaza. Como los amarillos y naranjas que entran a través de la ventana grande en mi estudio justo antes de la puesta del sol. Todos mis libros, mis bastidores, mis pinceles, mi caballete, todo se pinta de amarillos de ocaso. Siempre dejo la ventana abierta, sobre todo en estos días de lluvia, para disfrutar el aroma a tierra mojada. Después de llover y antes del ocaso, cuando el cielo se despeja, ocurren los amarillos más extraordinarios que nadie pueda imaginar. Hay una centena de tonalidades casi doradas, pero en realidad son ocres de ocaso, amarillos caramelo, azafranes, que lucen su brillo entre las sombras siena que se envalentonan. Es increíble cómo todos los colores se visten de los amarillos miel de una tarde moribunda.


El viejo simplemente escuchaba, sin gestos. En el frasco estaba ocurriendo un pequeño remolino de tonalidades ocres y amarillas.


-Es curioso -continuó ella-, pero los amarillos de la tarde son tan diferentes a los de la mañana. En la mañana, por ejemplo, se sabe que el azul, en uno de esos días sin nubes, existe más bien en un amarillo intenso, casi blanco. En la tarde, en cambio, si el cielo no está tan nublado, los amarillos empiezan a mezclarse con todos los demás colores; siempre se combinan mejor con los violetas. Y mientras más ocres se vuelven, más gris los arropa, y el gris y las sombras comienzan a devorar lentamente todos esos colores brillantes que extienden sus manos desesperadamente con tal de alcanzar el último vestigio de algún rayito de luz moribundo que les permita seguir siendo amarillo, u ocre, o naranja óxido. Finalmente, todos esos ocres, naranjas calabaza y caramelo, todos esos amarillos miel, se petrifican debajo de los grises densos y se van...


Hizo una pausa y concluyó:


-De ese color es lo que siento. Amarillos desahuciados, mezclados con ocres de otoño que mueren entre los grises profundos de la nada.


Ella miró al viejo; sentía una calma tan intensa que, en realidad, esa calma era grave. Por un instante, su gesto se volvió indefinido. ¿Era de liberación o de añoranza? La cuestión es que en ese instante sintió que algo se le estaba desprendiendo de los latidos, y eso le provocó un vacío profundísimo e indescifrable. Solo alcanzó a fruncir las cejas y a tocarse el pecho. En el frasco había terminado el remolino. Había quedado un miniocéano de amarillos y ocres con algunos breves destellos naranjas y rojos, todo en una especie de pintura espesa y poco homogénea, con tendencia al gris.


-Gracias, niña, pude verlo.


Dijo el viejo con los ojos cerrados.


-Ahora, mi parte del trato -continuó-: nunca más volverás a sentir lo mismo.


La promesa se había cumplido y era irrevocable. ¿Por qué sentía ella que había perdido algo demasiado suyo? ¿No había querido desprenderse de los oleajes de óleos amarillos que le revolvían el diafragma? (Su mano -la de ella- seguía en su pecho). Los recuerdos estaban ahí; los sucesos pastados que le habían provocado todas esas tonalidades durante los dos años y tres meses que duró su historia seguían ahí… Pero las emociones entretejidas a los recuerdos estaban petrificadas, como estatuas atrapadas en lo inerte de la piedra o, lo que es peor, en lo inerte del gris.


-Debes llenar ese lugar vacío que te quedó.


Dijo el viejo, honestamente interesado en la muchacha. Con un movimiento tembloroso y lento alcanzó el frasquito de cristal, repleto de amarillos y grises ocre, se lo metió en una de las mil bolsas de su largo abrigo y se levantó lentamente.


Miró hacia la calle y se dispuso a seguir su camino. Solo llevaba una vieja carpeta de piel debajo del brazo izquierdo. En sus primeros dos pasos, ella alcanzó a escuchar levemente el tintineo de varios frasquitos en el interior del abrigo del viejo.


Ella seguía sin entender lo que había pasado; aún no sentía algo en particular. Parpadeaba lento y respiraba lento también. En la carpeta del viejo había una hoja desprendiéndose, pero no lo suficiente como para caer. Un viento extraño y oportuno la arrancó de los demás bocetos, y la hoja voló hasta los pies de ella.
Por supuesto, todo eso ocurrió antes del tercer o cuarto paso del viejo. Ella sujetó la hoja: era de papel Fabriano, del grueso. Pensó que quizá así se sentiría tocar las manos del viejo.


Lo que estaba en ese pliego de papel era una obra maestra. Toques de tinta en tonalidades violetas, corales y rosados amaranto, con sutiles destellos de amarillo salmón y salpicones de cereza, atrapaban en delicados trazos todo lo que una sonrisa puede provocar. De repente, ella se sorprendió sonriendo.


Miró de nueva cuenta el mundo que la rodeaba y lo vio distinto. Su mirada seguía algo nostálgica, pero se le arremolinó un destello optimista en sus retinas marrones. Suspiró profundo; el vacío ya no estaba. Su gesto ausente fue tornándose en un rico violeta aguamarina. El optimismo le envolvió las ganas.

 

-¡Oiga! -le gritó al viejo-. ¡Se le cayó esto!


El viejo ya no estaba…

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