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Entonces lo supe

Debí haber tenido unos seis años. Papá había encontrado un conejito, Dios sabe dónde. Lo llevó a casa y los tres hermanitos nos pusimos locos. Estábamos fascinados con el bichito ese de orejas largas. Movía su naricilla hacia arriba y hacia abajo muy rápidamente. Recuerdo que cuando lo cargué, su corazón estaba muy agitado.

 

Pobre peludo ese, debió de tener un problema en sus coronarias; la bombita diminuta en su pecho iba más rápido que su vida y a los pocos días colgó las orejas, es decir, murió.


Llanto, mocos y berreos inundaron la casa. Tres niños inconsolables haciendo duelo por el orejón aquel que yacía inerte en una caja de zapatos que, por cierto, le quedaba grande.


Alguien tenía que enterrarlo; los padres no estaban, y el trabajo sucio tenía que hacerse. Por supuesto, me ofrecí. Sentía que era mi responsabilidad civil y moral.


Lo saqué con ternura de la caja y lo envolví en el suéter que tenía puesto; ese día hacía frío.
La marcha fúnebre al terreno baldío de atrás de la casa comenzó. Me prometí a mí mismo no llorar, por respeto, por honor al peludo ese; no necesitaba mi lástima. Pero sentirlo así, tan flácido, tan bolsita de huesos, casi me hizo romper mi promesa.


En eso estaba… ¡cuando de repente un perro me salió al camino! No sé quién de los dos se asustó más, si el perro o yo, pobre perro andrajoso y hambreado; en fin, casi me hago en mis pequeños pantalones.
En un acto reflejo, no sé si valiente o cobarde, le lancé a la bestia aquella, de ojos asustados y con la cola entre las patas, lo único que tenía en mis manos para defenderme.


Pobre conejito, terminó sus días entre matorrales convertido en una bala de cañón.


Funcionó, es cierto: el perro se echó a correr. Había ganado esa batalla. Comenzó a llover un poco; revisé prudente que mis pantalones estuvieran mojados solo por la tenue lluvia que empezaba.


Por supuesto que la versión oficial, es decir, la verdad histórica, la conté un poco diferente. No quería hacer sufrir más a los dos chamacos que aún berreaban en la casa, aunque por dentro me sentía como todo un patán, terriblemente culpable por el triste final del pequeño orejas largas.


Al día siguiente volví, a hurtadillas, claro, esperando encontrar el cadáver… Pero nada, nada de nada, no había rastro del conejo.


Entonces lo supe… ¡Maldito conejo! ¡Brillante Houdini!


Había fingido su muerte….

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