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Fragmentado

“Qué pasará después de que me mire como soy

después de haber bajado a mi interior

después de rescatarme del dragón

que casi terminó conmigo [contigo].”

 

Del perdón - Alejandro Filio

​

Parte II
Sencillamente no sabía cómo decírselo. Estaba por dejarla en su casa y llovía fuerte. Bajaron del auto y quedaron hechos sopa en un instante. Ella estaba divertida, aunque en el restaurante lo había notado más extraño que de costumbre. Le tomó la mano y lo condujo para pasar; en casa su mamá ya tendría listo el cafecito. Pero él se quedó parado, sin soltarle la mano. Ella le acarició el dorso con el pulgar mientras lo miraba, esperando a que algo pasara.
Entonces reconoció esa mirada, no era la primera vez que la había visto... en un instante, todos sus miedos se asomaron para volverse reales.
Lágrimas y lluvia le escurrían sin parar por la cara. Él no iba a continuar. Era una pesadilla vuelta realidad: a un mes de la boda, con todo casi listo, casa y muebles comprados, todo.
Ella se quedó por un momento en el limbo. Por inercia lo volvió a jalar, deseando con todas sus fuerzas que los segundos pasados hubieran existido solo en su imaginación.

  • No me puedes hacer esto... -dijo ella con el gesto quebrado-. ¿Qué le voy a decir a mi familia?

Lo expresó mientras se llevaba la mano a la frente.
Él sabía lo que tenía que hacer y era inevitable. Ella comprendió que la estocada ya estaba cortando el viento y se le avecinaba implacable entre las gotas de lluvia, mientras él permanecía en silencio.

  • ¡¿Por qué?! ¡¿Por qué?!

Preguntó ella desesperada, como cuando uno cuestiona a Dios en alguna repentina tragedia (aún no le soltaba la mano).

  • ¡Responde! ¡Responde!

Le gritó entre la lluvia salada, la rabia y el dolor.
En total silencio, sin palabras que alcanzaran para alguna explicación, él se quedó callado, llorando frente a la lluvia. Como un enjuiciado por homicidio involuntario que se declara culpable por haberse quedado dormido mientras conducía.
Con su mano izquierda, se desabotonó los botones superiores de su chaqueta; en su camisa, casi transparente por el agua, se intuía algo. Él se desabotonó la camisa también, y ella se quedó consternada.
A la altura del corazón, él se quitó un fragmento de pecho, como si fuera el pedazo de un cascarón que embonaba a la perfección para cubrir el hueco. Ahí dentro había como un pequeño foco de filamentos de carbono, brillando con una luz cálida y suave al compás de un púm-púm, púm-púm. Esa luz ámbar en el hueco de su pecho lograba alumbrar un poco lo que estaba pasando, y por cierto contrastaba con todos los azules lluvia y grises aguacero a su alrededor.
Entonces ella levantó la mirada y la vio; se llevó la mano a la boca y sus ojos se volvieron enormes. Él tomó la mano de ella de tal forma que pudo sujetar también su dedo índice y lo llevó despacio hasta el hueco en su pecho. Adentro sonaba un latido extraño, como la maquinaria de un reloj complicadísimo, con una luz ámbar en el núcleo, armado con piezas de cristal y acero. Ella no daba crédito a lo que estaba pasando, y apenas se rehusaba a dejar cautiva su mano entre los dedos de él.
Por fin él la hizo tocar, a la altura del ventrículo derecho, algunos engranajes que no giraban; parte del cristal tenía grietas y parecía que había piezas perdidas. La luz ámbar que salía del núcleo creaba destellos interesantes entre las cuarteaduras del vidrio.
Ella seguía con su otra mano en la boca. Él no dijo una palabra, pero la miró como diciéndole: «¿Ahora me entiendes?».

  • ¡No! -dijo ella-, sigo sin entender nada.

¿Por qué eso a él le hacía sentir más hondo el vacío? ¿Será que traducir el idioma que él mismo estaba tratando de entender lo confundía más?

  • Para cuidarte, para amarte como tú te lo mereces, necesito armar primero este rompecabezas, descifrar el funcionamiento de esta maquinaria, necesito encontrar las piezas perdidas… Solo así podré. Por favor, dime que entiendes eso -lo dijo con un puchero que rogaba-.

  • No, no puedo...

Respondió ella, honesta y destrozada. ¿Pero qué es lo que ese tipo fragmentado esperaba? ¿Que le dijera: «Claro que te comprendo... Ve, repara lo que tengas que arreglar y vuelve»?
Ella no sabía de corazones fragmentados o de maquinarias rotas; nadie nunca le había reventado el corazón como para no entenderse a sí misma. Ella estaba bien hecha, estaba completita, siempre había sido cuidada y amada. ¿Cómo podría esperar el tonto ese que ella lo entendiera? A él, un hombre con alma de guerrero y el corazón fragmentado de un niño.
Por fin ella le soltó la mano, lo dejó ir, no quiso saber ya nunca más de él. Rabia y desamparo: todo ese amor que sentía por él se llenó de grietas en un instante y le reventó por dentro.

  • ¿Por qué me trajiste hasta aquí? ¡Por qué no antes, si ya sabías del estúpido agujero en tu pecho! Ni siquiera sé si es real, si lo inventaste o si me estás mintiendo...

Él volvió al silencio. Nada de lo que dijera alcanzaría. No podía explicar que recién había descubierto las grietas en su pecho, aunque el cosquilleo lo había sentido por siempre. No podía explicar que fue el amor por ella lo que lo había llevado al borde del abismo, al borde del hueco en él, al que tenía que saltar sin saber el resultado. No supo explicarle que a ese viaje ella no lo podía acompañar. ¡Qué importaba! Toda aquella explicación llegó tarde y había sido terriblemente injusta.

  • Vete -dijo ella, sacando fuerzas quién sabe de dónde, convirtiéndose al mismo tiempo en jueza y víctima-. Vete, por favor, no quiero volver a saber de ti. Vete... Por siempre, por siempre te perseguirá este día.

Lo dijo a modo de sentencia, y la sentencia fue definitiva.
Él volvió al auto, viviendo despierto ese terrible sueño, esa horrenda pesadilla que parecía no acabar. En su mirada, el dolor extenso y profundísimo que sentía simplemente se petrificó. No volvería a verla y lo sabía. Ella lo había salvado y no se enteró. Le había mostrado el camino que lo llevaría a la realidad, a reconciliarse con su infancia, con él mismo. Ella lo había llevado al lugar donde podría por fin encontrar las piezas que le faltaban.
Él juró armarse, encontrar las piezas, juró hacerlo por ella; sería la forma de encontrar su redención.
Ella lo vio partir. Entonces lo escuchó… a su corazón fragmentándose, como cuando se presiona una bombilla envuelta en un trapo y se aprieta con fuerza, ese sonido hueco de un cascarón roto.
Se llevó la mano inmediatamente al pecho y se supo rota. Un relámpago, un trueno, y la lluvia se volvió tormenta. En ese instante supo lo que es tener el corazón fragmentado y sin forma.
Entonces, finalmente, lo entendió...
Parte I
Se despertó abruptamente, con la respiración agitada y sudando. La lluvia, el auto, el adiós y ese horrible momento que lo perseguiría por siempre... ¿Qué había sido todo eso? ¿Una horrible pesadilla? Se tocó el pecho, esculcó el área del corazón y suspiró hondo.
Lo cierto es que llevaba mucho tiempo sintiendo un cosquilleo extraño en la superficie de su pecho. Sin embargo, en la madrugada de ese viernes, como a las tres de la mañana, la sensación se hizo más intensa. Sentía como pequeños insectos caminándole sobre la piel, primero alrededor del cuello, luego cerca de la clavícula y después en todo el tórax.
Era como cuando los nervios le hacen creer a uno que siente comezón pero no se sabe exactamente dónde; simplemente desesperante. Llevaba ya varias semanas, quizá meses, sintiendo una resequedad inusual en su piel lampiña a la altura de su corazón; incluso había desarrollado una especie de tic, llevándose la mano al pecho constantemente, consciente de que sentía algo raro.
Durante las últimas semanas, antes de su boda, esa manía se había intensificado: ya no solo se tocaba el pecho, comenzó a rascar al azar la zona, buscando el origen de esa incisiva comezón, pero nada. Ese viernes en la mañana la comezón se volvió insoportable. Lo enloquecía no saber qué tan subcutáneo era el hormigueo y que, por más que rasguñara, el cosquilleo no desaparecía; ni siquiera sentía que se tocara la piel.
Miró el reloj y ya era tarde: eran las 7:30 a. m. Sin su café de costumbre y con la panza vacía, se lanzó a la rutina del día y decidió esconder a su ansiedad en el maletín del trabajo.
Durante todo el día estuvo pensando en ir de una vez por todas con algún médico especialista para saber qué rayos era lo que le estaba pasando, pero en el fondo él no creía que ese asunto fuera meramente un problema médico. De todas formas, ¿con quién iría? ¿Un dermatólogo? ¿Un cardiólogo? ¿Un… psiquiatra?
Lo cierto es que, entre tantas cosas que tuvo que desenredar en su oficina ese viernes de locos, las intenciones de atender eso que ni siquiera podía calificar de rara dermatitis se quedaron en el cajón de las cosas pospuestas.
Más tranquilo en la tarde, recostado en su sofá, se quedó dormido más o menos por una hora, hasta que las patitas misteriosas de esos malditos insectos comenzaron a caminar en su pecho de nuevo. Era como si tuvieran ahí su nido, como si hubieran encontrado casa en un agujero abandonado, e iban y venían. Cuando abrió los ojos, tardó unos segundos en reconocer la realidad de su cuarto; por alguna extraña razón, esa realidad de siempre le pareció diferente, subalterna, pero no le dio tanta importancia.
Recibió un mensaje en su celular que decía: «¿Pasas por mí a las ocho?». «Por supuesto», respondió él. «Te amo», escribió ella. Él sabía lo que tenía que responder, pero… ¿por qué esa vez le costó tanto escribir esas palabras? No es que él no la amara, ¿o sí? Él la quería en realidad, por eso le había propuesto matrimonio. La admiraba, la extrañaba, la pensaba todo el tiempo… ¿Por qué no respondió inmediatamente con un «yo también te amo»?
En ese momento, sentado en su sofá, fue consciente de que algo no andaba bien; como cuando se da por sentada una realidad cotidiana durante mucho tiempo y, de repente, un día se vuelve una epifanía que golpea brutalmente al presente para dejarnos saber que existe y que irremediablemente está ahí.
Algo en la mecánica de su corazón sonaba extraño. Él sabía que era el momento de amar a su novia, su prometida, con todas las fuerzas del mundo. Ella sencillamente era una chica buena y preciosa que lo quería y lo aceptaba con todas sus complicaciones. (Seguía sin responder el mensaje). ¿Por qué las partes que activaban la fuerza de este tipo de amor, en el motor de su corazón, sencillamente no arrancaban?
«¡Ella no se merece esto!», se repetía él una y otra vez, y comenzó a desesperarse, a sentir el miedo que se experimenta cuando uno es incapaz de explicar una realidad absoluta y aplastante. En ese momento se sintió solo y envuelto en un vacío profundísimo.
Sudando y tratando de recobrar la calma, se fue al baño, abrió la llave de la regadera y entró sin quitarse la ropa. Al principio sintió cómo el agua fría lo devolvía a la tranquilidad poco a poco. Se llevaba las manos a la cara una y otra vez para quitarse el agua que escurría sin cesar. Después de un rato cerró la llave y decidió darse un baño en forma. Salió con la ropa empapada y escurriendo agua por todas partes, pero no le importó. Frente al espejo, comenzó a desabotonarse la camisa… entonces vio algo extrañísimo.
¿Qué eran esas grietas en la superficie de su pecho, del lado izquierdo? Se miraban como fisuras descrebajándole la dermis y la epidermis, con la textura de un cascarón de huevo, color piel. Por supuesto que acaparó toda su atención. Intentó sacudirse esa extraña textura, como cuando se le impregna a uno polvo en la ropa, pero nada. Estaba asustado y su respiración se aceleró.
Nunca se planteó la posibilidad de que estuviera soñando o de que simplemente su imaginación le estuviera jugando una travesura. Entonces se concentró en una peculiar cuarteadura, una que casi parecía desprenderse para dejar ver un leve destello de luz que se hacía un poco más intenso al compás de un púm-púm, púm-púm. Algo estaba pasando detrás del cascarón de esa piel.
¿Qué esperaba encontrar más que vísceras y arterias? Primero, apenas tocó ese pedacito de grieta casi desprendida; luego, con muchísimo cuidado, la movió ligeramente con la uña de su dedo índice hasta que finalmente logró desprenderla. Se le vino todo un fragmento, como si se tratase de un trozo de cascarón.
En definitiva, algo estaba pasando allá adentro, algo a lo que él no podía darle cabida en su mente y que, sin embargo, estaba ocurriéndole en su realidad. Todo lo estaba viendo a través de su reflejo en el espejo; estaba enajenado, tan absorto hurgando en ese espacio huequísimo, que ni el agua escurriéndole por las cejas lo desconcentró.
Por fin, ahí estaba el hallazgo, después de quién sabe cuánto tiempo sin siquiera imaginarlo. En ese hueco profundo, la maquinaria de su corazón latía y rechinaba entre engranajes sueltos y piezas de cristal iluminados por una pequeña luz ámbar. Por primera vez tuvo acceso a ese espacio recóndito; lo vio y fue consciente de él.
Levantó la mirada y se encontró en el espejo. Era él y nadie más; esta vez no podía evadir la realidad: era él con el pecho totalmente abierto. Entre recuerdos y pronósticos, sus miedos y esperanzas rechinaban entre sus engranajes, que, forzados a punta de coraje y determinación, seguían girando.
Ya no había cosquillas, ya no; la comezón había desaparecido. Las patitas deambulantes se habían ido. Había, en cambio, un hueco en su pecho que tenía la forma de un camino hacia las profundidades de una maquinaria desajustada y poderosa. El viaje no iba a ser sencillo, ni siquiera sabía cuánto tiempo le tomaría llegar al núcleo para reajustar las piezas.
Colocó el trozo de su pecho-cascarón en su lugar. Entonces supo exactamente lo que tenía que hacer. Aquel sueño terrible aún no había terminado. La maquinaria de su corazón comenzó a rechinar más y más entre el cristal, el acero y la luz ámbar. Eran las 7:30 p. m.
Era increíble que esas piezas sin aceite fueran capaces de activar revoluciones de emociones tan opuestas y descontroladas.
Sin ella, sin la mujer perfecta que lo esperaba a las ocho, nunca hubiera podido encontrar el camino hasta el borde del abismo, al epicentro de sus grietas. Ella había bajado a su interior sin que lo supiera, para rescatarlo. Ella hubiera saltado con él sin dudarlo, pero ahora le tocaba a él salvarla. A esa caverna tenía que entrar solo…

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