The victoria
El campo de batalla se extendía sobre una mesa para dos; un par de tazas de café separaban los campamentos. Del lado de ella, una taza de cristal con un capuchino intacto; del lado de él, un segundo espresso, pero esta vez cortado. Ella sacó de su bolso un espejo en una especie de estuche redondo, donde afiló por última vez el rojo de sus labios.
Después de los preámbulos, las miradas se dispusieron en orden de batalla para encontrarse.
No había vuelta atrás.
Ella trataba de estar serena, confiada en que sus ojos marrones, con su interminable escolta de pestañas espesas, harían vacilar a cualquiera. Sin embargo, esta era su primera batalla fuera de sus inexpugnables murallas. Así, a campo raso y con sus hombros descubiertos, se acomodó el chal, porque el frío comenzaba a asomarse en la terraza.
Con la tacita de su macchiato rozándole los labios, él vio que ella era vulnerable y la miró fijamente. Se bebió el último sorbo de su café a modo de tequila para no dejar escapar su mueca de sonrisa confiada a destiempo. Faltaba poco para mostrar sus armas, pero aún no.
Ya había pasado la charla formal y amable que se suele tener después de un poco más de un año sin verse.
Las miradas, las palabras precisas, las flechas estaban listas para ser encendidas y disparadas en ambas direcciones.
Llegó el momento, y él disparó su sonrisa tenue pero segura, simulando ser paciente. Para ella, aquella sonrisa fue una flecha ardiente que voló sobre la mesa de extremo a extremo hasta ensartarse muy cerca de sus pies, donde sus dedos frágiles, instintivamente, se encogieron. Por fortuna llevaba sus botas de gamuza.
-Debo parecerte una tonta... -dijo ella escondiéndose tras su fleco.
-En absoluto -dijo él, y fue honesto.
-Debes preguntarte para qué te cité aquí, de qué se trata todo esto.
-No -respondió él, y con eso derrotó a su primera línea de infantería-. Estamos teniendo esta charla porque, después de algo más de un año, te diste cuenta de que me quieres -continuó él con las cejas apenas molestas.
Estaba perdiendo sus líneas de infantería una tras otra, y ella lo sabía. La igualdad de condiciones se había esfumado. ¿Qué le estaba pasando a su infantería? ¿Qué se hace cuando estás fuera de las murallas y a campo raso? En ese momento su chal ya no era suficiente cobertura. Sencillamente no supo qué decir, y dejó de mirarlo a los ojos.
No podía ser cierto, esa no era la batalla que ella tenía en mente; más bien, eso se parecía a una emboscada.
¿Dónde estaba la enorme bandera de paz que ella esperaba, la tregua añorada después del perdón, la alianza, la mano que envolvería a la suya para volverla a querer? Por supuesto, no iba a rendirse tan fácilmente.
-Bueno, a eso he venido yo -dijo ella intentando sonar segura-. ¿Tú a qué viniste? -contraatacó.
Las líneas de batalla de él, en cambio, estaban fuertes e inamovibles; tenían los escudos muy alto.
-Yo siempre supe que te quise -respondió él, dueño de la realidad y con un suspiro de punto final.
Ella volteó a verlo a los ojos casi como un acto reflejo, solo para intentar descifrar el suspiro y el pretérito en esa frase.
-¿Qué me quisiste? -preguntó ella, honesta y con la mano lista para dar la orden de retirada.
Él sonrió y movió la cabeza, suspiró otra vez y continuó:
-Hace casi un año no tenías que preguntarme eso, quererte fue mi realidad durante todo ese tiempo. Quererte significó llorar, berrear bajo la almohada y la regadera, esconderme de la gente, de tus amigos y de los míos. Y así me volví cazador de mis propias emociones. ¿Qué ridículo, no?
Ella tragó fuerte, se apretó los labios e intentó no llorar, pero no pudo. Con una voz suave ella respondió, apuntando de nuevo su mirada a los ojos de él, y esta vez sin una estrategia definida:
-Hace casi un año tenía que aclarar mil cosas. Y no es una excusa. Mira, no te pido ni espero que lo entiendas, no hay forma fácil de explicarlo, y no tiene caso decir que fui una tonta. Por eso quise verte, para demostrarte por lo menos que una cobarde no soy.
Las rodillas de la infantería de él se estremecieron. Ese arranque de honestidad lo desconcertó e hizo tambalear a sus defensas. Las pocas lágrimas de cristal que emergieron de aquellos ojos bonitos fueron como una lluvia de flechas que obligaron a sus soldados a refugiarse desesperadamente bajo sus escudos sombrilla. No, no, eso no podía ser cierto; su ejército era indestructible, el idiota aquel lo había entrenado durante mucho tiempo. No tenía más remedio, ahora no podía mostrarse débil, así que soltó a la caballería del rencor que había carcomido todas sus ilusiones y, con el desamparo gritando con todas sus fuerzas, exclamó: "¡A la carga!".
-Todo sana -continuó él con un ligero tono de desdén-. Con cada batalla te haces más fuerte, ¿no? Se aprende más de las derrotas que de las victorias, es un cliché, ya sé, pero es cierto; te lo digo por experiencia, no es nada fácil aprender esa lección.
Movió la cabeza, otra vez, y continuó:
-Antes de que me llamaras, este desgraciado ya había empezado a encontrar la paz -dijo eso mientras se ponía la mano en el pecho.
Ella tomó un pañuelo y se secó los ojos. No podía seguir permitiendo que acribillaran así a su ejército. Así que finalmente dio la orden de retirada.
-Lamento haberte molestado -dijo ella mientras cerraba su bolso-. No sé en qué estaba pensando.
Antes de que se pusiera de pie, él la tomó suavemente de la mano, frustrando así cualquier intento de fuga.
-No sabes cuánto tiempo quise aprender a odiarte. No tienes idea de cuánto tiempo permaneció tu aroma en mis sacos favoritos o cuántas veces doblé y desdoblé los "porqués" y los "maldita sea". Juré mil veces que te olvidaría y mírame hoy, hoy que estoy a punto de lograrlo...
Entonces, en su rabia, en su impotencia, detuvo el ataque.
Aquella mano blanca y frágil no intentó escapar, no esta vez. Esa no era la victoria que él había planeado. Él cerró los ojos un segundo para no delatar a su mirada vidriosa.
Los ojos de ella, en cambio, los de color marrón y de pestañas espesas, estaban abiertos, muy abiertos y mojados.