El monstruo de Aurora
Es un monstruo, Aurora, es un monstruo. ¿Por qué no me lo dijiste? Hiciste bien, supongo. No lo hubiera comprendido, no lo hubiera creído igual. Por eso no querías que viniera a verte, por eso me dabas la vuelta cuando entre líneas te decía que te quería conocer en persona.
Malvados, ni Fernando ni Laura me lo mencionaron. "Te queremos presentar a una amiga", me dijeron; es una española chulísima, piel blanca, cabello rubio, ojos verdes. Qué nos pasa a muchos mexicanos que nos gustan tanto las güeras. En fin, no dijeron nada sobre tu voz de ardilla. Pensé que eran mis aliados y mis cómplices; ahora veo que eran tus aliados y tus cómplices, y me da gusto, de todas formas no les hubiera creído. Algo intuí desde el principio, algo pasaba, pero no hice caso. Con razón algunas veces, cuando te llamaba, tu ventana vibraba y se escuchaban ruidos; parecía que el piso temblaba y sonaba como si se cayeran cosas de tu alacena y de tu librero.
No es que sintiera que me estuvieras ocultando algo, siempre te sentí honesta; era nomás algo que no me decías y no me decías, pero querías, lo sé. Diste por hecho que no te iba a creer y probablemente tenías razón.
No sé, ¿hubiera sido mejor que eso que estabas ocultando fuera un hijo? ¿Un hijo tuyo? De unos cuatro o cinco años, de ojos enormes como los tuyos, con un flequito hasta sus cejas. Bien sabes cuánto me gustan los niños. Qué importa, de todas formas hubiera sido un terrible padre postizo, hubieras tenido con el tiempo que cuidar a dos niños. Me hubiera hecho demasiado cómplice de ese hijo tuyo que no tienes, que ahora sé que no tienes, y nos hubieras tenido que reprender a los dos por andar dibujando dinosaurios en las paredes. Pero no, no es un niño tuyo lo que haría que no se diera nada entre nosotros.
Solo vine, Aurora, vine a verte. No sé qué es lo que esperabas que hiciera después de que me dijiste que te estabas enamorando de mí y que por eso no deberíamos seguir hablando, por mi bien. No se le dice eso a un tipo curioso hasta el tuétano. Me dijiste que no me podías explicar el porqué, pero que sencillamente no podía pasar nada entre nosotros, que lo nuestro no podía nacer y que jamás lo entendería.
¿En qué momento te diste cuenta de que estaba surgiendo entre los dos un "nosotros"? ¿En qué momento ese "nosotros" comenzó a mutar?
Siempre pensé que lo que sentía lo sentía solo de mi lado. Por eso me gustaba eso que estaba pasando, esa microevolución en el tono de nuestras charlas. Esos breves silencios suspendidos, casi incómodos, casi lindos, cuando descubríamos algo que nos acercaba.
Siempre me gustaste, Aurora, siempre, y eso nunca ha sido un secreto. Tu humor casi ridículo, tu alma vieja, casi nostálgica, tu color de piel, tus ojos verdes, tu voz de ardilla chillante, tu acento madrileño. "Demasiado bonita para mí", siempre me dije, pero eso no me importaba.
Ahora muchas de nuestras charlas tienen sentido. Ahora entiendo tus malos humores y tu cara frustrada y de desvelo. Era un monstruo, Aurora, lo que desordenaba tu cuarto y tu vida. Lo que hacía que llegaras tarde al trabajo, lo que te rasguñaba. Claro, no era un gato, no, no eran de gato esos rasguños, ni las rasgaduras en tus suéteres y en tus almohadas.
Vine a verte y sin avisarte, Aurora. Así nomás, como lo hacen los hombres, tomé un taxi al aeropuerto de la Ciudad de México, dos horas en la sala de espera, ocho horas de vuelo, otro taxi y aquí estoy, en un café diminuto frente a tu casa. Es exactamente como me lo describiste. El microcafé vintage más hipster del mundo, sencillamente diminuto, de paredes amarillas y una pared pequeña en el fondo, color negro pizarra, letras amarillo-tiza y flores garigoleadas. Qué importa, Aurora, la cosa es que aún no lo creo, aún no puedo creer lo que vi.
Ahí, por fin, frente a tu puerta, toqué el timbre y no estabas; por supuesto, no sabías que venía. La verdad no sé qué esperaba. Qué sé yo, quizá una escena de esas de película: tus ojos verdes sorprendidos, un abrazo, un beso, mil preguntas en tus cejas, otro abrazo, un:
"¡Estás loco! ¿A qué has venido? Por qué no pasas, estás loco, por qué no me dijiste que venías".
Otro abrazo, un: "Por qué no pasas".
Pero no, no estabas. Así que me vine al microcafé de enfrente. Este lugarcito parece sacado de alguna de las novelas de Mathias Malzieu. Hay una panadería como a tres puertas, qué conveniente. El aroma que sale de ese lugar es embriagante. Unas bugambilias violetas, una mesita redonda con dos sillas de metal, una está vacía, obvio, y esta sombrilla amarilla que apenas da sombra. Desde aquí te vi, con un segundo espresso a medias; ojalá hubiera sido un mezcal.
Desde aquí se ve tu puerta, desde aquí te vi llegar, Aurora, y no, no venías sola, mujer. ¿Hubiera sido mejor verte con un tipo caminando, tomada de su brazo y riendo a carcajadas? Qué raro, pero la idea de que alguien más disfrute tan de cerca tu voz de ardilla me desagrada, me aturde, me revuelve la panza... pero no sé si me conmociona tanto como lo que vi. Un monstruo, Aurora, eso es lo que vi.
Ahora me siento como en una película de Guillermo del Toro, como en un mundo surreal. No, no es el jet lag ni el cóctel de emociones y desvelo que traigo. Te vi llegar y al principio parecía que estabas flotando. Caminas de forma elegante y divertida. Te veías hermosa con tus pantalones blancos, rotos a la altura de las rodillas, y tu gabardina color mostaza. Te miré contenta y no lo entiendo. ¡Venía caminando tras de ti un enorme monstruo, Aurora! ¡Azul y peludo! Una mezcla absurda entre un koala y un gorila, caminaba en sus cuatro extremidades, pero tenía brazos enormes más largos que sus patas y creo que tres enormes dedos en cada mano.
No lo puedo creer, Aurora, pero todos los que estaban en la calle también lo veían, pero no hacían nada, simplemente seguían con lo que estaban haciendo. Como si aquella función fuera ya parte de su rutina. Todo el mundo te decía hola y tú tan linda como siempre, y la bestia azul peluda tras de ti apenas gruñía, refunfuñaba, solo te seguía; hasta de buen humor se le veía. Le tiró algunas flores a la señora del puesto de flores de la esquina, sin querer, con un rozón de su pata trasera, pero doña Flores solo sonrió y recogió las flores sin pena, sencillamente te dijo con una sonrisa cachetona: "Ten linda tarde, mi niña", y tú solo le mandaste un beso. Y el coso azul, como si nada. Mientras caminabas, las ventanas vibraban tras de ti, se sentía el peso del bicho ese gigantesco que caminaba con dos patas y sus dos manos enormes.
No sé cómo esa cosa peluda y azul pudo entrar por tu puerta sin reventar el marco de madera. Y el mundo continuó como si nada. Así que era un monstruo, Aurora, la razón por la que no podíamos seguir hablando. Por la que no podía pasar algo entre nosotros. Pero vine, me vine y sin avisarte.
¿Dónde escondes a tu monstruo cuando vas a tu tienda donde, según tú, vendes ropa? ¿Lo disfrazas como un enorme pliego de tela azul y peluda? ¿Se enreda entre sus brazos pretendiendo ser un tapete? ¿No se asustan los clientes? ¿Cómo le haces cuando vas a un restaurante o a un café, o cuando te subes al tren o al autobús? Ahora todo tiene sentido, mujer, por eso no tienes auto, por eso me decías que prefieres caminar, no era para mantener la línea.
¿Cómo llegó esa enorme bola de pelos a tu vida? ¿Lo adoptaste cuando era un cachorro? ¿Te lo dejaron en tu puerta escondido en la caja de una lavadora? ¿Habrá eclosionado de un huevo gigante y te cayó de un árbol? La realidad es que de alguna forma te llegó.
Un monstruo, Aurora, un monstruo. ¿Quién tiene un monstruo en su vida? Supongo que no te has podido deshacer de él, o no has querido, o no sé. Tengo miles de preguntas.
Y ahora estoy aquí, en el café diminuto, frente a tu casa; acabo de ordenar mi tercer espresso y estoy temblando. Ya estoy aquí, vine hasta Madrid a verte, Aurora, y no me interesa ser un turista.
No estaba listo para esta encrucijada, güerita, y de manera instintiva me dan ganas de llamarte para pedirte un consejo, para que me digas qué hacer, porque no sé en qué momento te convertiste sobre todo en mi mejor amiga.
Si te llamara te diría algo como esto:
"Aurora, me vine por ella, mujer, por la chica de mis sueños. La loquilla, la hipster con la voz de ardilla".
"¡Estás loco, tío!", me hubieras dicho. "¡Me cago en la mar! ¡Que se te ha safado un tornillo, tío!"
Creo que la quiero en serio, Aurora, por eso vine y sí que estoy loco, lo sé, pero la chica esta tiene un monstruo, tiene un monstruo, Aurora, una cosa azul y peluda gigantesca. ¡Es enorme, te digo! Cómo se hace para vivir con una chica con un monstruo...
¿Qué me hubieras dicho, güera? ¿Qué consejo me darías?
Pero la chica del monstruo eres tú, la mujer de mis sueños y mi mejor amiga.
Tengo dos opciones, Aurora, dos.
Hacerme el valiente y que no me importe lo que vi. Volver a tu puerta, tocar el timbre y darle play a la película de Guillermo del Toro. Tus ojos verdes sorprendidos, un abrazo, un beso, mil preguntas en tus cejas, un:
¡Estás loco! ¿A qué has venido? ¡Estás loco! Por qué no me dijiste que venías.
Otro abrazo, un:
No puedes pasar porque tengo un monstruo.
Y yo:
Ya lo sé y aun así quiero estar contigo...
Y tú:
Pero vaya que estás loco, hijo mío.
Y yo:
Ya lo sé, déjame pasar, déjame quedarme contigo, con eso... con ustedes.
¿Qué pasaría entonces? ¿Otro abrazo? ¿Un beso largo y tu pie izquierdo alzado? ¿O tú tratando de protegerme del gigante azul peludo mientras me gruñe?
No, no, tranquilo, le dirías. Es el chico con el que he estado hablando, es mi amigo.
¡¿Amigo?!, preguntaría yo... Ah, no, eso sí que no... Mira que no vine hasta aquí desde tan lejos a enfrentar a tu monstruo —el monstruo gruñe—, quiero decir, a adoptarlo... solo para que me llames amigo...
¿Entonces por fin ahí llegaría el beso largo?
Me dijiste que te estabas enamorando de mí... y con eso me quedo, para mí es lo que importa... El amor todo lo puede, ¿no?
Está la otra opción, claro, la lógica, la razonable. El taxi, el aeropuerto, la sala de espera, las ocho horas de vuelo, otra vez el aeropuerto de la Ciudad de México, un taxi más y a mi cuarto... por fin con mi añorado mezcal en la mano, la botella entera... sin el monstruo azul y peludo, y sin ti, sobre todo sin ti... sentado en mi sofá tratando de escribir este cuento, al que llamaría "El monstruo de Aurora".
¿Horrible, no?
No. No. Te prefiero a ti... mil veces a ti, con tu monstruo y sus rasguños.
Me froto las manos, pago la cuenta, olvido mi mochila y me digo a mí mismo:
Aquí voy, aquí vas. Sé valiente... La quieres con todo y todo, y eso es lo que importa...
Espera, antes de tocar el timbre de tu puerta iré a comprar, no unas flores, más bien comida para mascotas, voy a necesitar un costal.
Aurora, era un monstruo, la razón por la que, según tú, no podía pasar nada entre nosotros... Era un monstruo y no me importa...
...
Ding dong