La Mayiyoyi
¿Cómo te llamas? Le preguntaban a ella, pero no decía María Dolores, como a sus ocho años se esperaba que bien pronunciara, o algo más breve como Marí Loli. Ella respondía Mayiyoyi, porque se le pegaba un poco la lengua al paladar. Mayiyoyi, respondía, y con la sonrisa ancha.
-¡¿Dónde re carambas está el sarape del sillón?!
Doña Martina era una escrupulosa, dueña absoluta de su casa y de todo cuanto en ella había. Se sabía de memoria el lugar de cada objeto, cada mueble o chuchería que tuviera en su hogar. Desde que abría los ojos, a las cinco de la mañana, empezaba a percibir su entorno, como si el aire alrededor suyo le informara poco a poco que todo en su casa, todito, había amanecido precisamente como una noche antes se había quedado.
Se la pasaba en su casa casi todo el día; entre el mandado y los quehaceres no había forma de ponerla quieta. Y peor cuando entraba a la cocina, porque eso sí, doña Tina era tremenda cocinera. Pocas cosas disfrutaba tanto como preparar un mole negro en su enorme olla de barro.
La salsa de chicharrón que hacía, la de tomates verdes, era todo un prodigio gastronómico que bien podía ofrecerse en los más célebres restaurantes del mundo con algún nombre más sofisticado, algo así como "corteza de porcino en salsa esmeralda", seguido de un precio obsceno por el que cualquier acaudalado hubiese pagado sin el más mínimo reparo.
Ama y señora en su cocina, extendía sus dominios por todo el imperio que delimitaba su casa, porque, por lo menos cuando don Ermelindo no estaba, ella era la que mandaba, y mandaba bien y a mano alzada. Doña Tina nunca fue un dechado de cariño; se le daban mejor los gritos, las miradas matadoras, los cucharazos y, por supuesto, las sonoras nalgadas.
¡Qué ni intentara escaparse de ella alguno de sus chamacos! Era imposible notar en qué momento su chancla terminaba en su mano y, con el tino que tenía, le dejaba al fugitivo frustrado tremenda marca de suela en la espalda.
No era que no quisiera a sus niños, ella a su forma los amaba, para ella eran su mundo. De todas formas, sus ocho muchachos, dos varones y seis hembras, sabían, y sin dudarlo tantito, que de ser necesario para protegerlos, doña Tina enseñaría sus garras y extendería sus alas. La realidad es que don Meye, como le decían de cariño a don Ermelindo, les daba a sus hijos la porción doble de paciencia, de besos y abrazos que necesitaban.
-¿Dónde dejaron el sarape estos chiquillos del demonio?…
Murmuraba doña Tina en voz baja, ya como a eso de las ocho de la noche, en la inspección rigurosa que hacía antes de irse a la cama.
-¡Na' más que sepa quién lo movió de su lugar, le voy a dar una paliza que se va a acordar de mí... ¡Qué sí no se acuerda!
Don Ermelindo era más bien un consentidor, paciente como pocos, caminaba despacio y seguro; aunque a pesar de sus sesenta años, con sus manos duras y su mirada triste, no le faltaba aplomo. Se casó con doña Tina en sus tardíos cuarenta, cuando doña Tina era una niña de dieciséis años. Pero como le decía don Ermelindo a sus hijos, "aquellos eran otros tiempos", y así fue como poco a poco el tiempo y sus corrientes desgastaron la piel de piedra de aquel hombre, dejándolo más que como un viejo, como un hombre erguido y agrietado. Otorgaba sus consejos mitad como padre, mitad como cómplice. Él, a diferencia de doña Tina, no era, pero para nada, un maestro del regaño.
Como cuando a la Mayiyoyi la llevaron por cuarta vez a la dirección por peleonera. Esa Mayiyoyi había sacado toditito el genio de doña Tina y, a sus ocho años, no se dejaba de nadie. Pero también había sacado de don Meye su corazón enorme y sencillo. Con sus tres hermanitos menores, a los que tenía que cuidar de vez en cuando, era toda una protectora. En realidad, la Mayiyoyi era un bodoquito de ternura y cariño, aunque a veces, ruda como era y de manita pesada como la madre, medio maltrataba a sus hermanitos entre raspones y risotadas. Los abrazaba, los apretaba más bien, y sin más ni más se los comía a besos.
Pero la vida es la vida, y a fuerza del día a día, a sus escasos ocho años, había aprendido a sacar sus garras. Ya se sabía de memoria la oficina del director. Cada vez que la visitaba, enredaba los deditos de sus manos mientras movía inquieta sus pulgares. Miraba y miraba con detenimiento cada objeto, cada archivero, cada libro en esa breve biblioteca mientras esperaba a que llegara don Meye.
Mirando y mirando, empezaba a tomar nota del entorno, por si algo había cambiado desde su última visita, pero nada... Bueno, no mucho: la oficina esa seguía oliendo a archiveros viejos, sus paredes seguían mal pintadas de color mostaza y con los mismos cuadros aburridos de algún falso héroe de la patria, un montón de carpetas sobre el escritorio de metal, un florero con menos agua y otras rosas marchitas.
Con sus ojitos chicos y apenas rasgados por sus abundantes cachetes, parecía que le tomaba fotografías a su entorno; no le importaba fotografiar cien veces lo mismo.
Aquella última vez en la dirección, Mayiyoyi esperaba tranquila y paciente su futura sentencia con tremendo rasguñón en la cara. Esa vez don Meye llegó y, medio suspirando, se quitó el sombrero antes de entrar a la oficina del director. La miró, a la Mayiyoyi, con una paciencia infinita, incapaz de un destello de dureza, y Mayiyoyi lo miró igual, triste no más, bien triste.
Así, don Meye, sin decir nada, se metió a la dirección y se quedó ahí dentro con un director molesto y repleto de ultimátums. La historia era la misma que las cuatro veces pasadas.
-Señor Ermelindo, no sé qué vamos a hacer con María Dolores. Pero esta es la cuarta pelea que tiene en el año...
Y así continuó su letanía... Y don Meye callado, simplemente callado. Aquel fulano tras del escritorio vociferó y vociferó sus puntos de vista, sugerencias y consejos, alardeando de sus años y saberes. Por fin el director le dio espacio al silencio mientras limpiaba sus lentes, como político autocomplacido de su abundante pero al fin mediocre charla.
-Sí, señor director, tiene usted razón. Voy a hablar con mi niña, no tenga usted cuidado...
Dijo don Meye, sereno, más que apenado. A él no lo impresionaba el flaco que tenía enfrente, que bien pudo haber sido un vil compañero de juegos de su infancia. Entonces se levantó y, justo antes de abrir la puerta, soltó uno de sus comentarios certeros y al grano:
-Señor director, se le pasó decir que esta es la cuarta vez que de seguro molestaron a mi niña diciéndole gorda... (Entonces volteó a mirar al director con sus ojos de patrón de la huerta y continuó) Espero también que sea la última vez que pasa esto...
Después de bajar su ceja izquierda devolviéndola a su gesto de paz, se fue, dejando tras de sí unos ojos bien abiertos y una estela de silencio. En la bocota del director se pudrieron las palabras. Cuando don Meye salió de aquella oficina fea, le extendió la mano a Mayiyoyi y le cargó la mochila. Caminaron agarrados de la mano un buen tramo; la Mayiyoyi traía un puchero en la boca y las cejas fruncidas.
-Y ahora qué te dijeron...
Le preguntó don Meye entre un suspiro... Y Mayiyoyi no dijo nada, siguió con la cabeza agachada. Con su padre podía ser vulnerable, podía mostrarse indefensa, podía ser la niña sensible y tierna que en realidad era. Así que se quedó callada y se le escurrió una lágrima... Con sus compañeros de escuela era todo lo contrario; cuando le decían gorda era de poquísimas palabras.
Bastaba con un contundente "¡Gorda tu abuela!" y a soltar manazos. Pobre del más cercano que tuviera, porque a Mayiyoyi no le importaba quién había lanzado el grito, sino quién se la pagaba... Dejaba a dos que tres desgreñados y en lloriqueos, se sacudía sus manos rellenitas y se iba derechito a la dirección; ya bien sabía lo que le esperaba.
-¿Te dijeron gorda otra vez, verdad?
Le preguntó don Meye, y la Mayiyoyi callada...
-Si tú no estás gorda, mi niña linda, tú estás rolliza... (Y le apretó la mano) …¿Y qué les hiciste?
Mayiyoyi seguía callada, callada no más...
-Te los sonaste, ¿verdad?
Mayiyoyi asentó con la cabeza, casi, casi orgullosa de sus actos.
-¡Bien hecho!
Le dijo don Meye.
-¡Qué bueno que se defiende! ¡Defiéndase, mija!
Le dijo entusiasmado.
-Pero no les pegue...
Continuó, como volviendo a la cordura. Y se quedaron mirando.
Fue un intercambio de miradas breve y cargado de comprensiones; apenas se sonrieron, pero Mayiyoyi estaba triste, bien triste, y rápido se le escondió la sonrisa... Ya no hubo más diálogo después de eso.
Cuando llegaron a su casa, la Mayiyoyi se metió corriendo, pasó primero por la sala y después se escondió en algún recoveco en el patio. Cuando doña Tina la encontró entre unos guacales vacíos, ya eran como las ocho de la noche.
Don Meye le había contado lo que había pasado en la escuela y doña Tina se había llenado de rabia; tuvo don Meye que calmarla como siempre y apaciguar sus ganas de volver a ir con el director a la siguiente mañana y decirle cuántas son cinco.
Pero a doña Tina, cuando la vio ahí, entre los guacales, envuelta como tamalito de dulce en el sarape de la sala, se le frunció la barba y se le escapó un puchero.
Tenía la Mayiyoyi las pestañas aún húmedas y las mejillas coloradas... La sacó como pudo y con muchos esfuerzos de aquel rincón del patio y se la llevó a su cama; le puso su ropa de dormir y la niña como si nada, porque eso sí, cuando la Mayiyoyi dormía ni quién pudiera despertarla.
Así se quedó un rato doña Tina sentada junto a la Mayiyoyi; entonces le acarició su mejilla. Ojalá Mayiyoyi hubiera estado despierta para sentir eso... quizá apenas lo estaba. Cuando doña Tina apagó la luz, se secó algo en su mejilla y se hizo la disimulada. Se llevó el sarape a la sala y lo devolvió a su lugar. Se puso su bata de dormir y se metió a su cama sin comentario alguno, pero con un sinfín de reclamos en el alma. Don Meye le dijo:
-Qué te pasa, mujer, qué te pasa...
-¡Qué quieres que me pase, Ermelindo! No tengo nada...
Don Ermelindo se volteó para abrazarla... Ella, simple y desabrida como siempre, se dejó querer y así terminaron la charla.